Asegura Raúl Conde en
Manu Leguineche, el padre de los reporteros de guerra, que no hay mejor decano de corresponsales de guerra en España que Manu. Este joven vasco de 69 años inauguró la sección de Internacional del periodismo español, que hasta la década del sesenta se había mantenido concentrado en aquello que le sucedía al país sin prestar un atisbo de atención a los acontecimientos del extranjero.
Su primer viaje fue en 1962, cuando subió a un ferry en Alicante dirección la revolución de Argelia. Durante su periplo nordafricano, enviaba artículos a España y trabajaba en lo que salía. Ha ejercido oficios inauditos. Incluso vendió píldoras australianas a los chinos: “me hacía pasar por ingeniero alemán: “el truco consistía en que tenía que echar un discurso: “Soy Mister Manuel, I’m Mister Manuel”. Entonces el chino iba hablando en chino y yo acaba traduciendo hasta en español diciéndoles lo que me daba la gana: “Jodidos cabrones, os engañan como a chinos…”. Me pagaban 300 pesetas al día y mantenimiento y por cantar Granada, una cerveza al día”. También le quisieron contratar en un cabaret en Singapur: “Les dije lo que pensaba, que no tenía repertorio porque yo quitando “Granada, Magdalena salerosa”, el catálogo no me daba para más. “¡Si hubiera tenido repertorio…!” Total, ya había vencido la timidez”. En otra ocasión, una mona se comió su pasaporte en Tailandia y se fue con la mona a la comisaría. Pero no todos los recuerdos son agradables. “Yo me he chupado los peores hoteles del mundo –matiza- y he comido peor que nadie”. Y sin dietas porque iba por libre, es decir, no trabajaba para ningún medio.
Como periodista fue creciendo por su capacidad para buscar historias humanas en medio de las tragedias. Por eso no es extraño verle armado junto a los sandinistas, en Nicaragua, en 1979; degustando la carne de Siria en un viaje a Damasco en 1966; viajando en un todo terreno en el Líbano, en 1965 o tomando una taza de té junto a tres paisanos en una montaña de Afganistán. Ha sido fundador de dos agencias de noticias, Colpisa y Fax Press, pero siempre ha huido de las redacciones: “cuando voy a una, me siento como un mendigo. Te sientes como si fueras a pedir o a robar algo a alguien”. En su día rechazó las ofertas para dirigir
La Vanguardia y ABC. “No me gusta nada mandar”, argumenta.
Con el paso de los años, Leguineche se ha convertido en el ‘padre’ de varias generaciones de periodistas en nuestro país. Y, desde luego, en el maestro a seguir entre la “tribu” –término acuñado por él mismo para titular uno de sus libros- de enviados especiales. Tenía 20 años cuando llegó por primera vez a Asia y le tocó cubrir una guerra que, en su opinión, marcó un punto de inflexión tanto en política como en periodismo: Vietnam. El país asiático fue el escenario de toda una generación de jóvenes reporteros que, como evoca el propio Leguineche, “nos hemos hecho viejos en las carreteras de este continente”. El reportero Michael Herr dijo: “No tuvimos infancias felices, ¡pero tuvimos Vietnam!”. Eran tiempos de la tribu de las tres D que bautizó el periodista vasco: “Divorciados, dipsómanos y depresivos”. Y eran tiempos en los que los corresponsales de guerra no hacían espectáculo, sino información. Marta Gelhorn, la segunda esposa de Hemingway, escribió que la última guerra para los enviados especiales había sido Vietnam. “No sé si es verdad –reflexiona Leguineche- pero en la guerra de Irak todo es muy sucio, esa guerra es todo un despropósito, es una guerra sucia que no se parece a ninguna otra. Es la guerra más cruel que ha habido, ni siquiera en la Edad Media hubo algo así”.
Uno de sus primeros trabajos fue como redactor de
El Norte de Castilla, en Valladolid. Allí conoció al único director que ha tenido a lo largo de su carrera: Miguel Delibes. “Él me lo enseñó todo, era un modelo de equilibrio dirigiendo el periódico”, afirma. Más tarde aprobó 32 asignaturas en tres cursos y le concedieron el título de periodista. Cuando a uno de los profesores les dijo que había estado en Vietnam, creía que le tomaba el pelo. Se hizo pronto periodista porque nunca tuvo dudas de su vocación. Su trayectoria se ha centrado en el área internacional. “Es una sección que nadie lee en España, no interesa”, sostiene. Sin embargo, la mayoría de los casi cuarenta libros que lleva publicados, sobre todo grandes crónicas y reportajes de la actualidad, siempre fueron un éxito. Ha escrito con la misma prosa clara y sencilla sobre la vida cotidiana, la revolución de los claveles, el ataque a Pearl Harbor, un manual de mus o la Segunda Guerra Mundial. Nunca ha entrado en guerras de periodistas y mantiene buenas relaciones con casi todos sus colegas. Y, eso sí, hay quien le ha reprochado lo poco que habla de ETA y de su tierra, Euskadi. “Me fui de allí para estar más cerca”, responde lacónico.
Leguineche siente pasión por su oficio y por los viajes. Piensa que no se puede ser objetivo, pero sí “honrado y jugar limpio con el lector”. Sus dos continentes preferidos para viajar siempre han sido Asia y luego América Latina. África no tanto porque el interés periodístico era menor. Cree que los viajes deben servir para hacernos más humildes. “Estuve en Jerusalén cuando no estaba repartido –rememora- pero ahora he decidido no volver a Israel porque te tratan mal en la frontera, me estuvieron interrogando durante cinco horas. Yo estaba medio cojo pero hicieron darme vuelta por el aeropuerto, me vaciaron el ordenador, me rastrearon la maleta…”.
El autor de El club de los faltos de cariño reconoce haber sacrificado una familia por el periodismo: “si hubiera tenido mujer e hijos, habría hecho la mitad de los viajes”. La verdad es que le ha cundido porque tiene en su expediente los premios más importantes a los que puede aspirar un periodista español: el Nacional, el Pluma de Oro, el Cirilo Rodríguez, el Godó, el Julio Camba y el Ortega y Gasset. Sin embargo, se siente feliz fuera del ruido. “Brihuega es la capital mundial del silencio”, dice.